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FEMINISMO LESBIANO

En los años setenta, en el seno del feminismo radical, surgió con fuerza el feminismo lesbiano. Ya a finales de los sesenta, coincidiendo con el auge del activismo de algunos movimientos sociales, mujeres lesbianas del mundo occidental reclamaron sus derechos y su identidad propia. Se rompía así la línea de silencio y clandestinidad que la historia de occidente había impuesto al lesbianismo.

Tengamos en cuenta que, hasta bien entrado el siglo XX, el lesbianismo- en general, la homosexualidad- se incluía en muchos manuales de psicología y de medicina como síntoma de alguna enfermedad física o psíquica, es decir, efecto de una patología. Además, la conducta y la personalidad de las lesbianas eran tachadas de masculinas, se consideraban que se identificaban mentalmente con los varones.

Será el feminismo lesbiano de esta época el que pondrá en cuestión la heterosexualidad y subrayará el estrecho vínculo existente entre la supremacía masculina y las relaciones heterosexuales. Así, Charlotte Bunch, una de las pioneras del feminismo lesbiano, afirmaba, en los primeros años setenta, que el lesbianismo no es sólo una opción sexual, sino una opción política basada en la identificación con otras mujeres. El sistema político establecido obliga a que las relaciones entre hombres y mujeres sean relaciones de dominio y opresión. El patriarcado es la institución básica de ese sistema e impone una primera forma de división del trabajo, la división en razón del sexo; al mismo tiempo, impone la sexualidad (la heterosexualidad) reproductiva. Las lesbianas, al identificarse con otras mujeres en todos los aspectos de la vida, no sólo en el deseo erótico, siguen una opción alternativa a las relaciones opresivas entre hombres y mujeres. Amando a las mujeres, la lesbiana desafía el sistema político establecido y rechaza las relaciones de poder y dominio de los hombres sobre las mujeres, inherentes a dicho sistema.

En esta misma línea, la obra de Dominique Wittig (1935-2003) tuvo una gran influencia. Subraya esta autora la dimensión política de la heterosexualidad, que describe como una práctica organizada de elaciones de fuerza, por medio de las cuales el hombre domina a la mujer y los heterosexuales a los homosexuales. Asimismo, Wittig cuestiona la distinción entre sexo biológico y género social. Par a esta autora, tanto el sexo anatómico como el género femenino o masculino son categorías producidas por la sociedad que sirven de base al "pensamiento heterocentrado", dispositivo que estructura la opresión social.

En 1980, Adrienne Rich (1929) publicó un artículo que tendría gran repercusión: "Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana". Rich niega la heterosexualidad como una opción libre en la que no intervienen presiones sociales, por el contrario, es definida y sostenida como obligatoria. Precisamente la heterosexualidad obligatoria garantiza un modelo de relación social entre los sexos en el que el cuerpo de las mujeres es siempre accesible para los hombres. La heterosexualidad no es una institución natural, sino socialmente construida e impuesta a las mujeres a través de fuerzas estructurales controladas por hombres, por tanto, debe ser analizada como institución política. Rich no afirma que la heterosexualidad sea necesariamente una forma de sexualidad opresiva para las mujeres, ninguna relación social lo es por sí misma si no interviene en su ejecución algún tipo de violencia. Lo que resulta opresor es su obligatoriedad social y políticamente sustentada.

El concepto de heterosexualidad obligatoria llegó a ser un concepto clave para el feminismo lesbiano. Además de este concepto, en su artículo, Rich acuñó otros que también alcanzaron gran repercusión; por ejemplo, su propuesta de un "continuo lesbiano" entendido como el ámbito que crean las mujeres al identificarse con otras mujeres. Este concepto hace referencia a la solidaridad entre las mujeres que surge como resultado de la resistencia a las coacciones derivadas de la heterosexualidad obligatoria, que es el mecanismo clave de la dominación. El "continuo lesbiano" no se define exclusivamente por la sexualidad que se practica, es la afinidad con otras mujeres, sexual o no, la que nos sitúa dentro de ese continuo lesbiano. Precisamente la gran capacidad integradora de los conceptos empleados por Rich ha provocado inquietud, porque se intuye que podría tener el efecto de diluir esa identidad lesbiana específica, con sus connotaciones de deseo y de relaciones eróticas con otra mujer, que tanto esfuerzo costó elaborar.

En los años ochenta surgieron voces que protestaban porque los conceptos tradicionales del feminismo (mujer o género) eran identificados, invariablemente, con un todo unificado que tendría como referencia a la mujer blanca, heterosexual, de clase media, de un país occidental. El concepto de género acentúa las distancias entre hombres y mujeres, al tiempo que reúne a estas últimas en un mismo colectivo homogéneo (mujer). Para el feminismo de los ochenta era necesario relevar el género del centro del análisis y sustituirlo por una nueva acepción de diferencia entre las mujeres que reconocía la importancia de factores como raza, clase, etnia, edad u orientación sexual. Mujeres negras (o de otras razas), lesbianas y procedentes de países no occidentales han criticado las generalizaciones abusivas. Así, el centro del debate se ha desplazado hacia las diferencias entre las mujeres. Por ejemplo, en la obra de la poeta lesbiana de raza negra Audrie Lorde se introduce la raza como variable imprescindible para entender la realidad de las mujeres. Esta autora crítica el feminismo académico, que plantea cualquier discusión de teoría feminista sin tener en cuenta las múltiples diferencias entre las mujeres y sin contar con las aportaciones de las mujeres pobres, negras y del tercer Mundo, así como de las lesbianas. Lorde rechaza la idea de que todas las mujeres sufren la misma opresión por ser mujeres. Es cierto que dicha opresión no conoce barreras raciales ni étnicas, pero eso no quiere decir que sea idéntica para todas las mujeres. Existen diversos sistemas de opresión (racial, de género, de clase y heterosexual) y todos ellos están interconectados. Quienes experimentan estas opresiones no pueden separarlas fácilmente porque las sufren de forma simultánea, sus vidas no se dividen en compartimentos estancos. Así, las mujeres de color padecen el sexismo en sus comunidades y, al mismo tiempo, el racismo en su militancia en las organizaciones feministas en las que predominan las mujeres blancas.

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