• Pensador & Logo
  • Galileo Galilei... todas las verdades son fáciles de entender, una vez descubiertas. La cuestión es descubrirlas ...
  • Gasset... con la moral corregimos los errores de nuestros instintos, y con el amor los errores de nuestra moral ...
  • Copérnico... saber que sabemos y saber que no sabemos lo que no sabemos, ese es el verdadero conocimiento ...
  • Aristóteles... el sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice ...
  • Hume... la belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las contempla ...
  • Kant... la libertad es aquella que aumenta la utilidad de todas las demás facultades ...
  • Nietzsche... los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos ...

BLANCANIEVES Y LOS SIETE ENANITOS

    Erase una vez una joven princesa en absoluto desagradable desde el punto de vista estético que, además, se hallaba dotada de un temperamento mucho más cautivador que el de la mayoría de sus conciudadanos. Era conocida con el apodo de Blancanieves, denominación que refleja la discriminación implícita en el hecho de asociar cualidades agradables o atractivas con la luz y otras más antipáticas o repelentes con la oscuridad. Así, y desde su más tierna edad, Blancanieves era ya una víctima inconsciente- sí bien privilegiada- de esta clase de clasificaciones cromáticas.
 Cuando Blancanieves era aún muy joven, su madre cayó repentinamente enferma, vio luego acrecentada su falta de salud y terminó por caer en estado terminal. Su padre, el rey, la lloró durante lo que podríamos considerar como un período de tiempo aceptable y, por fin, requirió a otra mujer para ocupar el puesto de reina. Blancanieves hizo cuanto estuvo en su mano para agradar a su nueva madre política, pero no pudo evitar que entre ambas se estableciera una relación de frialdad y distancia.


La más preciada posesión de la reina era un espejo mágico que tenía la virtud de respon-der con veracidad a cualquier pregunta que se le formulara. Sin embargo, sus largos años de condicionamiento social bajo una dictadura jerárquica masculina habían convertido a la reina en una mujer considerablemente insegura acerca de sus propios méritos. La belleza física había llegado a convertirse en el único valor que por entonces le preocupaba, y se había acostumbrado a autodefinirse basándose únicamente en su aspecto personal. Así pues, todas las mañanas, la reina preguntaba a su espejo:
-Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime ¿quién es?
Y el espejo contestaba:
-Permitidme- oh, mi reina – ser sincero: sois sin duda la más bella que existe en el mundo entero.
Aquel diálogo fue sucediéndose a diario con regularidad hasta un día en que la reina se despertó sintiéndose que no tenía bien el pelo y, ávida de apoyo externo, formuló la pre-gunta de costumbre. El espejo, sin embargo, repuso:
-Tal valor a la belleza no debes darle, ricura, pues tiempo ha que Blancanieves te supera en hermosura.
Al oír aquello, la reina montó en cólera. Cualquier oportunidad de colaborar con Blancanieves en pos de un sólido lazo de hermandad era algo que ya pertenecía al pasado. Por el contrario, la reina se dejó llevar por un acceso transitorio de prepotencia masculina y ordenó al real maestro talador que se llevara a Blancanieves al bosque y la matara. Asimismo (y posiblemente para impresionar a los varones de la corte real), añadió una bárbara exigencia: debía arrancar el corazón a la joven y llevarlo posteriormente a su presencia.
El maestro talador aceptó entristecido aquellas órdenes y condujo a la muchacha, que de hecho era ya una mujer incipiente, hasta el corazón del bosque.
Sin embargo, su relación con la tierra y con las estaciones naturales del año había hecho de él una persona bondadosa, y no pudo soportar la idea de hacer daño a la joven. Así, puso a Blancanieves al corriente de la opresiva e insolidaria orden de la reina y la exhortó a partir a la carrera   y a internarse cuanto pudiera en el bosque.
La atemorizada Blancanieves hizo lo que le ordenaban. EL maestro talador, temeroso de la ira de la reina por más que hubiera rehusado a poner fin a otra vida con el simple fin de complacerla, acudió al poblado y pidió al pastelero que le fabricara un corazón de ma-zapán. A continuación, se lo entregó a la reina, quien lo devoró ávidamente, ofreciendo con ello un repugnante espectáculo de pseudo-canibalismo.
Entretanto, Blancanieves seguía corriendo entre la espesura. Y justamente cuando ya creía haberse alejado lo más posible de la civilización y de sus peligrosos efectos, tropezó con una cabaña. En su interior, pudo distinguir una hilera de siete camas diminutas sin hacer. Vio asimismo siete platos apilados en el fregadero y siete butacones anatómicos emplazados frente a otros tantos televisores con control remoto.
Supuso que la cabaña debía pertenecer bien a siete hombres de pequeño tamaño o bien a algún numerólogo desaseado. Las camas mostraban un aspecto tan tentador que la fatigada joven se acurrucó sobre una de ellas e, inmediatamente, se quedó dormida.
Cuando despertó, varias horas más tarde, vio ante sí los rostros de siete hombre barbudos y verticalmente limitados que le contemplaban inmóviles alrededor de la cama y se incor-poró, sobresaltada.
Uno de los hombres dijo:
-¿Habéis visto eso? Típico de las mujeres frívolas: tan pronto descansan pacíficamente como se incorporan y se ponen a chillar.
-Estoy completamente de acuerdo-dijo otro-. Esta mujer desbaratará nuestros potentes vínculos de hermandad y creará entre nosotros una situación de rivalidad en la persecu-ción de sus afectos. Yo voto por arrojarla al río en un saco lleno de piedras.
-Yo también opino que deberíamos deshacernos de ella-dijo un tercero- pero, ¿por qué degradar el medio ambiente?¿Por qué no arrojarla a los osos o algo por el estilo? Así, pa-saría a formar parte de la cadena alimenticia.
-¡ Bravo, bravo!
-Bien pensado, hermano.
Cuando Blancanieves recuperó por fin la conciencia, suplicó:
-Por favor, por favor, no me matéis. No pretendía causar daño alguno al costarme en vuestra cama. Pensé que nadie lo advertiría.
-¿Lo veis?-dijo uno de los hombres-.Ya empiezan a aflorar las clásicas inquietudes feme-ninas. Ahora protesta porque no hemos hecho las camas.
-¡Matadla! ¡Matadla!
-¡No, por favor-gimió la joven-.Si me he internado tanto en estos bosques es debido a que mi madre política, la reina, ordenó que me mataran.
-¿Habéis oído? ¡He ahí la mutua vengatividad femenina!
-¡ No pretendas hacerte la víctima con nosotros, guapa!
-¡ SILENCIO!- retumbó uno de ello, dotado de una flamígera cabellera roja cubierta por la piel de una especie animal no humana. Blancanieves advirtió que era el jefe del grupo, y que de él dependía su suerte. Explícate. ¿Cómo te llamas y cuál es el motivo real de tu presencia aquí?
-Me llamo Blancanieves- comenzó ella-, y ya os he explicado el motivo. Mi madre política, la reina, ordenó a un maestro talador que me llevara al bosque y me matar, pero él se compadeció de mí y me dijo que echara a correr por el bosque y que me alejara todo lo posible.
-Típico de las mujeres-gruño uno de los miembros del grupo para sus adentros-´: se bus-can a un hombre para que les haga el trabajo sucio.
El jefe alzó la mano exigiendo silencio y dijo:
-Muy bien, Blancanieves. Si esa es tu historia, imagino que tendremos que creerte.
Blancanieves comenzaba a sentirse molesta por el trato que estaba recibiendo, pero in-tentó no mostrarlo.
-En cualquier caso, ¿puede saberse quienes sois vosotros?-inquirió.
-Se nos conoce con el nombre de los Siete Gigantes Colosales-repuso el jefe. A Blanca-nieves se le escapó una risita que no pasó desapercibida, pero el líder continuó-: Somos colosales en espíritu, y por lo tanto, gigantes entre los habitantes del bosque. Antes, sol-íamos ganarnos la vida explotando nuestras minas, pero llegamos a la decisión de que tal despojamiento de los recursos del planeta resultaba tan inmoral como inconsciente a largo plazo(y, por si fuera poco, el mercado de metales está bajo mínimos). Así pues, nos hemos convertido en abnegados custodios de la tierra y vivimos aquí en completa armonía con la naturaleza. Y, para llegar a fin de mes, organizamos asimismo retiros destinados a aquellos jóvenes que necesitan entrar en contacto con sus primitivas identidades masculinas.
-¿Ah, sí? ¿Y en qué consiste eso, aparte de dedicarse a beber leche directamente del en-vase?- preguntó Blancanieves.
-Yo en tu lugar no emplearía ese sarcasmo- advirtió el jefe de los Siete Gigantes Colosa-les-. Mis compañeros quieran desembarazarse de ti porque consideran corruptora cual-quier presencia femenina, y podría suceder que no me fuera posible detenerles, ¿com-prendes? ¡ Camaradas, debemos hablar con sinceridad y franqueza! ¡Retirémonos a nuestro refugio!
Los siete hombrecitos abandonaron atropelladamente la estancia, gritando y despojándose de sus vestiduras, y Blancanieves esperó su regreso sin saber qué hacer. Temerosa de pisar cualquier cosa que pudiera andar arrastrándose entre la suciedad que alfombraba el suelo, decidió no moverse de la cama, y de heho logró esperar hasta su regreso sin moverse.
A sus oídos llegó un fuerte estrépito acompañado de gritos y, al poco rato, los Siete Gigan-tes Colosales penetraron de nuevo en la cabaña. Iban todos ataviados con sendos tapa-rrabos y, por fortuna, no olían tan mal como hubiera cabido esperar.
-¡ Agggh! ¡Mirad lo que ha hecho con mi cama! ¡Cambio mi voto! ¡Quiero que desaparezca de aquí!
-Cálmate, hermano-dijo el jefe-. ¿Es que no te das cuenta? De esto es precisamente de lo que se trataba: de contrastar. No sería tanto más fácil comprobar nuestros progresos como verdaderos hombres si contamos con la presencia de una hembra con la que poder com-pararnos.
Los hombres comenzaron a refunfuñar, poniendo en duda lo acertado de su decisión, pero Blancanieves ya estaba harta:
-¡ Me niego a seguir aquí en calidad de objeto, sin otra función que la de vara de vuestros respectivos egos y penes!
-De acuerdo, pues- dijo el líder del grupo-. Eres libre de buscar tú misma el camino de re-greso a través dl bosque. No olvides darle recuerdos a la reina.
-Bueno, también es cierto que puedo quedarme algún tiempo, hasta que se me ocurra otro plan- repuso ella.
-Perfectamente- dijo el jefe-, pero deberás atenerte a ciertas normas básicas. Nada de qui-tar el polvo, nada de ordenar la casa y nada de andar lavando la ropa interior en el frega-dero.
-Y nada de fisgar en el refugio.
-Y no te acerques a nuestras cosas.
Entretanto, en el castillo, la reina se felicitaba de la desaparición de su única rival en her-mosura, y andaba entretenida en su gabinete leyendo el Elle y Glamour y permitiéndose consumir tres onzas enteras de chocolate ( sin purgarse a continuación, como solía hacer para conservar la línea). Al poco rato, se dirigió con aire decidido hacia su espejo mágico y le planteó la misma pregunta amarga de siempre:
-Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime ¿quién es?
Y el espejo repuso:
-Tiene un peso perfecto para tu figura y talla pero, en LO QUE HAY QUE TENER, compa-rada a Blancanieves no pasas de ser morralla.
Al oír aquello, la reina apretó los puños y dejó escapar un alarido con toda la fuerza de sus pulmones. Sus propias inseguridades llevaban años consumiéndola, hasta el punto de acabar por apartarla moralmente de la norma. Recurriendo a toda su astucia y malicia, comenzó a proyectar un plan mediante el cual asegurar la inviabilidad de su hija política.
Pocos días después, Blancanieves- quien por supuesto se había abstenido de tocar u ordenar nada-, se hallaba sentada en el suelo de la cabaña, meditando. De pronto, oyó que llamaban a la puerta. Blancanieves acudió a abrir y descubrió ante sí a una mujer notablemente dotada desde el punto de vista cronológico que portaba una cesta al brazo. A juzgar por sus vestidos, parecía hallarse libre e limitaciones de un empleo regular.
-Ayuda a una mujer de ingresos inciertos, querida- dijo-, y compra una de mis manzanas.
Blancanieves reflexionó unos instantes. Personalmente, tenía como norma no adquirir alimentos de intermediarios, ya que lo consideraba una forma de protesta contra los consorcios comerciales agrarios. Su corazón, sin embargo, se había enternecido ante aquella mejer económicamente marginada, por lo que dijo que sí. Lo que Blancanieves ignoraba era que en realidad se trataba de la reina, oculta tras un disfraz, y que la manzana había sido alterada química y genéticamente de tal modo que cualquiera que la mordiera estaría condenado a dormir para siempre.
Cualquiera pensaría que al recibir el dinero correspondiente al pago de la manzana, la reina se habría sentido eufórica de comprobar que su plan de venganza estaba funcionando. Sin embargo, al contemplar la hermosa complexión y la tersa figura de Blancanieves se sintió sucesivamente asaltada por oleadas de envidia  ya autodesprecio. Por fin, rompió en lágrimas.
-¿Qué ocurre? ¿Qué le sucede?- preguntó Blancanieves.
-Eres tan joven y tan hermosa- sollozó la reina disfrazada- mientras que yo resulto repelente a la vista con cada día que pasa.
-No debería usted decir eso. Después de todo, la belleza reside en el interior de las perso-nas.    
-Hace años que me lo repito a mí misma- repuso la reina-, pero aún no alcanzo a creérmelo. ¿Cómo logras mantenerte en una forma tan espléndida?
-Bueno.....medito mucho, hago tres horas de aeróbic todos los días y cada vez que me ponen un plato delante procuro no consumir más que la mitad. ¿Querría usted que la en-señara?
-Oh, sí, sí, por favor- dijo la reina. Así pues, comenzaron con una simple sesión de treinta minutos de meditación batha yoga y, a continuación, practicaron aeróbic durante una hora. Luego, mientras descansaban, Blancanieves partió la manzana por la mitad y entregó uno de los trozos a la reina. Está, sin pensar, lo mordió, y ambas cayeron en un profundo sueño.
Ya avanzado el día, los Siete Gigantes Colosales regresaron de un refugio que poseían en el bosque, cuidadosamente guarnecido con barro, plumas y pieles animales. Les acompañaba al príncipe de un reino vecino que había acudido a aquel retiro masculino con la esperanza de hallar una cura para su impotencia (o, como él prefería denominarla, su involuntaria suspensión de actividad falocéntrica ).
Venían todos riendo y entrechocando las palmas con gran camaradería, pero se detuvie-ron al ver los dos cuerpos tendidos.
-¿Qué ha ocurrido?- preguntó el príncipe.
-Aparentemente, nuestra invitada y esta otra mujer han debido de enzarzarse en una re-friega y se han liquidado la una a la otra- sugirió uno de los gigantes.
-Si pensaban que de este modo iban a hacernos caer presa de nuestros sentimientos más débiles, se equivocan de medio a medio- bufó otro.
 -Bueno, ya que tenemos que desembarazarnos de ellas, ¿ por qué no poner en práctica uno de esos funerales vikingos acerca de los que tanto hemos leído?
-¿Sabéis?- dijo el príncipe-, quizá juzguéis que lo que voy a decir resulta ligeramente de-pravado, pero tengo confianza en vosotros. Encuentro atractiva a la más joven. Sumamente atractiva. ¿Os importaría, muchachos......, esto...., esperar fuera mientras yo.....?
-¡ Detente ahora mismo!- dijo el jefe de los gigantes-. Estos trozos de manzana a medio comer... ese atuendo repugnante... esto tiene toda la pinta de tratarse de alguna clase de sortilegio. No están ni mucho menos muertas.
-Buf...- suspiró el príncipe-, no sabéis cuánto me alegro. Bueno chicos, ¿ podríais, pues, levantar el vuelo y dejarme que....?
-Alto ahí, príncipe- dijo el jefe-. ¿Acaso Blancanieves ha logrado que vuelvas a sentirte hombre?
-Desde luego que sí. Y ahora, ¿os importaría....?
-¡No la toques! No la toques o romperás el hechizo-dijo el líder. A continuación, caviló unos segundos y dijo-: Hermanos, creo adivinar ciertas posibilidades económicas en todo esto. Si conservamos a Blancanieves en esta comarca, podríamos anunciar nuestros retiros como centros de tratamiento contra la impotencia.
Los gigantes mostraron su aprobación asintiendo con la cabeza, pero el príncipe les inte-rrumpió:
-¿ Y qué hay de mí? Yo ya he pagado mi inscripción. ¿Cuándo me tocará....esto....hacer la cura?
-No te enrolles, Príncipe-dijo el jefe-. Se ve pero no se toca. De otro modo, romperás el hechizo. Ahora bien, te diré qué puedes hacer: puedes montártelo con la otra.
-No quisiera parecer clasista- dijo el príncipe-, pero no tiene el calibre necesario para mí.
-Eso me suena a farol viniendo de alguien que siempre falla el blanco- dijo uno de los gigantes, y todos, menos el príncipe, rompieron en carcajadas.
Dijo el jefe:
-Vamos, hermanos, recojamos a estas dos y veamos cómo exhibirlas del modo más eficaz posible.
Hicieron falta tres gigantes para alzar a cada una de las mujeres, pero al fin consiguieron transportar los dos cuerpos. Apenas lo habían hecho, sin embargo, cuando los trozos de manzana envenenada se desprendieron de los labios de Blancanieves y de la reina y ambas despertaron de su sueño.
-¿ Qué os habéis creído que estáis haciendo? ¡Dejadnos en el suelo!- gritaron.
Los gigantes se sobresaltaron hasta tal punto que poco les faltó para dejarlas caer.
-¡ No he escuchado nada tan repugnante en toda mi vida!- vociferó la reina-. ¡ Ofrecernos al público como si fuéramos objetos!
- Y tú- dijo Blancanieves dirigiéndose al príncipe-, intentando hacértelo con una chica que está en coma. ¡Puaj!
-Oye, a mí no me eches la culpa- dijo el príncipe-. Ten en cuenta que se trata de proble-mas de salud.
-No empecéis a echarnos las culpas a nosotros – dijo el líder de los gigantes-. AL fin y al cabo, fuisteis vosotras quienes invadisteis nuestra propiedad. ¡Puedo llamar a la policía!
-Ni se te ocurra, Napoleón- dijo la reina-. Estos bosques son propiedad de la corona. Vosotros sois unos intrusos.
Aquella réplica despertó una notable agitación entre los presentes, pero nada comparable al revuelo que causó la siguiente advertencia:
-  Y, otra cosa: mientras estábamos paralizadas y todos vosotros os dedicábais a divagar desde vuestra perspectiva machista, tuve ocasión de experimentar una revelación perso-nal. De ahora en adelante, pienso dedicar mi vida a eliminar el abismo que se abre entre el cuerpo y el espíritu de las mujeres. Proyecto enseñar a todas ellas a aceptar su imagen física natural y a superar su desintegración. Blancanieves y yo vamos a fundar un centro de conferencias y un balneario femenino en este precioso lugar, un sitio donde podamos celebrar retiros, reuniones y conferencias para todas las hermanas del planeta.
Inmediatamente, se desató una enorme algarabía de gritos e insultos, pero la reina terminó por salirse con la suya.
No obstante, antes de que pudiera ser desahuciados de su residencia, los Siete Gigantes Colosales lograron organizar el traslado del refugio a otro lugar aún más internado en el bosque. El príncipe permaneció en el balneario en calidad de elegante- pero inofensivo- profesor de tenis. Y Blancanieves y la reina se convirtieron en buenas amigas y llegaron a hacerse mundialmente famosas por sus contribuciones a la causa de la hermandad femenina. En cuanto a los gigantes, nunca más volvió a saberse de ellos, salvo por las diminutas huellas que de vez en cuando aparecían por las mañanas bajo las ventanas de los vestuarios del balneario.
 

La filosofía puede ser descrita como el estudio experimental o empírico, y de las relaciones que se derivan de lo empírico con lo a priori.

Autor: Samuel Alexander

Área privada

Hay 190 invitados y ningún miembro en línea

ACFILOSOFIA usa cookies para darle un mejor servicio.

Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso. Saber más

Acepto