LA VIOLENCIA, LA GUERRA, LA VIDA Y LA MUERTE.

0. INTRODUCCIÓN.
Palizas, asesinatos, torturas, ejecuciones, guerras, deportaciones...la historia es una serie ininterrumpida de violencia y de atentados contra la vida y la dignidad humanas. Nuestra época y nuestras democracias no son más civilizadas en este aspecto. Lo que ha cambiado es la forma de valorar la vida y también la violencia, y así como la forma de entender y vivir la muerte: para algunas culturas, no es más que una transición hacia otro estado; para otras, como la nuestra, es algo mucho más definitivo y complejo, porque ha entrado en el ámbito de los derechos humanos.
Determinados pueblos practican o han practicado de forma sistemática diversas formas de violencia institucionalizada, desde la tortura o la esclavitud hasta el infanticidio, el canibalismo y la guerra. Otros han convertido incluso la violencia en una forma de vida y de subsistencia, desde las tribus belicosas de Nueva Guinea hasta fabricantes y vendedores de armas actuales, y hay quienes han hecho del sacrificio de seres humanos o de la exclusión un ritual religioso. Se trata de opciones morales/inmorales que tienen que ver con la vida y la muerte, que es una alternativa básica de la ética, la alternativa entre crear y destruir.

ACTIVIDAD:

Copia en tu libreta los artículos 3 y 5 de la DUDH

 

 

1. LA VIOLENCIA.


1.1. GRADOS Y FORMAS DE VIOLENCIA


Todo el mundo sabe lo que es la violencia. La vivimos o vemos cada día en la calle, en la televisión, en los periódicos. Decimos que alguien es agresivo cuando es propenso a agredir o “saltar a la mínima” y su relación con los demás no es natural ni, por lo general, sosegada. Y consideramos que alguien es violento cuando tiene “el guantazo” fácil, siempre pronto a utilizar la fuerza para dañar física o psíquicamente.
La violencia adopta distintas formas y tiene distintos grados, un insulto es violencia; la mala fe, la calumnia o una orden que va contra nuestra conciencia, también lo es. Es violencia el abuso sexual o laboral de personas más débiles y de menores. La violencia más grave es la agresión física, que en su forma extrema atenta contra la vida y la integridad física de alguien, como el asesinato, la ejecución de un reo, la violación o la tortura. La presión es también una forma de violencia física. Las desigualdades y la explotación de unos seres humanos por otros también son violencia habituales y muy extendidas, tanto ayer como hoy, incluidas la esclavitud, la pobreza o el desempleo, porque atentan contra la dignidad y la libertad de quienes la sufren contra su voluntad.
Pero también hay formas de violencia más ocultas, que incluso pueden escapar a la conciencia: todas las formas de presión, o de manipulación intelectual o afectiva donde el manipulador utiliza a los o las demás para su propio fin o les impone sus propios puntos de vista. Es, por ejemplo, el caso de la violencia oculta de la propaganda, del adoctrinamiento o de la publicidad.

1.2. LA VIOLENCIA INDIVIDUAL


La violencia puede ser individual o colectiva. El mundo en que vivimos ofrece el espectáculo permanente de ambas. El racismo, un atentado terrorista, un encontronazo entre hinchas de equipos de fútbol contrarios, la sufren colectivamente hombres y mujeres, instalaciones y viviendas. Es la violencia colectiva. Una pelea entre dos personas, el maltrato, la violación o la agresión física a otra persona, son formas de violencia individual. Ambas interesan a la ética porque niegan la dignidad y la libertad de la otra persona. La diferencia entre los animales y los seres humanos reside precisamente en nuestra capacidad para anticipar y controlar la agresividad y la violencia. No vamos por la vida como caballos desbocados, sino que aprendemos a considerar la situación de la otra persona, a canalizar nuestros impulsos y a desarrollar el autocontrol.
La violencia individual puede nacer de frustraciones afectivas vividas en la primera infancia, o de malos tratos sufridos en el medio familiar o social, Y puede convertirse en el único modo de relacionarse con los demás: impongo mis propios deseos mediante la fuerza o la amenaza porque así se ha hecho conmigo. La violencia más generalizada en todo el mundo es la violencia contra las mujeres: los malos tratos, la violación, el acoso sexual o la mutilación son prácticas generalizadas que constituyen violaciones de los derechos humanos.
En la actualidad, más de 100 millones de mujeres en el mundo han sido sometidas a mutilación genital, y alrededor del 50% de los atentados sexuales se realizan contra niñas menores de 15 años. La mayoría de pobres y analfabetos del mundo son mujeres. En España muchas mujeres mueren anualmente a manos de sus maridos, novios o parejas.
Lo paradójico es que la sociedad contemporánea ha convertido la agresividad y la violencia en una forma de comportamiento perfectamente aceptable y hasta necesaria para competir. Mediante la agresividad y una cierta dosis de violencia nos aseguramos el grado de “enemistad” preciso para rivalizar con los demás- para ser el mejor, conseguir mejores notas, mejor trabajo, mejor puesto-. Y una sociedad basada en la competitividad y en la enemistad individual como valores supremos es una sociedad responsable de la violencia que se desata entre sus miembros. Como dice el filósofo español Emilio Lledó, “hemos llegado a la educación en la no amistad, en la agresividad, la competitividad. Competir contra el otro es un principio de enemistad. La competitividad es entonces una manera de enemistad. Es una manifestación de lo peor del capitalismo español. Estamos convirtiendo a los hombres en enemigos”.

2. LA GUERRA

2.1. LA GUERRA Y LA PAZ.


La guerra es, para algunos políticos, un mal necesario e inevitable. Y es, para quienes no la hace (la mayoría), una barbarie inútil y sangrienta. Pero parece probado que la guerra ha acompañado la historia de la humanidad desde siempre. Los miles de restos arqueológicos en forma de murallas, espadas, corazas, dan fe de ello. ¿Es acaso la guerra algo connatural al ser humano, y por lo tanto, inevitable? La antropología responde que no, que sus causas hay que buscarlas “fuera”. En otras palabras, la guerra no es una manifestación incontrolable de la agresividad innata del ser humano, sino que obedece a una causa precisa: el interés; interés por obtener recursos que otros tienen, interés por buscar la riqueza y la gloria, interés en demostrar que “aquí mando yo”, interés en lograr posiciones estratégicas ( una salida al mar o acceso a tal o cual mineral), y también interés en controlar la producción y la venta de productos que se venden bien en el marcado, desde el oro y el petróleo hasta el uranio o la cocaína. Aunque son causas que nunca se reconocen abiertamente.
Pero como tantas otras cosas, la guerra también ha cambiado. Hoy ya no se avisa oficialmente antes de atacar, ni se reduce a una batalla campal entre dos infanterías y dos caballerías enemigas. La guerra se ha convertido en una realidad cotidiana que nos afecta a todos.

2.2. DEL DERECHO DE GUERRA AL DERECHO HUMANITARIO.


Hasta la Primera Guerra Mundial, el derecho internacional consagraba la guerra como un derecho de los estados. Había “guerras justas” y “guerras injustas” y los estados en guerra tenían deberes y obligaciones que cumplir, lo cual no impedía el sufrimiento ni la violación de esos deberes. Las primeras iniciativas humanitarias, concretadas en los Convenios de Ginebra de 1864 y de 1868, exigían por primera vez que las ambulancias y los hospitales militares fueran reconocidos como neutrales- y por lo tanto protegidos y respetados-, que los militares heridos o enfermos fueran atendidos cualquiera que fuese su país, y prohibían el empleo de ciertas armas. Aunque los logros eran modestos, aquellos convenios constituyeron el núcleo del Comité Internacional de la Cruz Roja y el embrión del futuro derecho humanitario.
Tras la Primera Guerra Mundial se limitó el derecho de guerra, pero hacer la guerra seguía siendo “legal”. En 1925 se prohibía el uso de gases asfixiantes y armas bacteriológicas, y poco después se hacía obligatorio el arreglo pacífico de conflictos. Pero la población civil seguía desprotegida. Sólo tras el desastre humano de la Segunda Guerra Mundial se instauró un “derecho humanitario bélico” que incluía por primera vez la protección de la población civil. Pero estos convenios pronto quedaron desfasados ante las guerras de descolonización, la guerra de guerrillas y las masacres intertribales. En 1974 y 1977 se adoptaron normas que distinguían entre países beligerantes y países neutrales, entre objetivos militares y no militares, y entre combatientes y población civil. Supusieron un avance, pero no la guerra actual convencional ni la guerra atómica admiten tales distinciones, porque su capacidad de destrucción masiva es infinita. Pero todo ese conjunto de normas ha generado lo que se conoce como la tercera generación de derechos: el derecho a la paz, al desarrollo, a un medio ambiente limpio, que hoy ya forman parte de los derechos humanos fundamentales.

2.3. EL PACIFISMO.


Fue precisamente esa capacidad de destrucción masiva de las nuevas armas nucleares la que, en los años de la guerra fría (1949-1989), llevó a muchos jóvenes a luchar por la paz y contra las armas mortíferas almacenadas en los Estados Unidos y en la Unión Soviética, las dos grandes potencias enemigas con capacidad para eliminar la vida del planeta en pocos segundos. El movimiento pacifista fue un movimiento fuerte en Europa- en Alemania y en el reino Unido especialmente- y adquirió grandes dimensiones en los Estados Unidos durante la guerra de Vietnam. Supuso a uno y otro lado del Atlántico la primera toma de conciencia colectiva de que la guerra era evitable y que había dejado de ser “cosa de militares y políticos” porque afectaba a toda la población de la Tierra.

ACTIVIDADES:

1.¿Qué crees que distingue la guerra entre pueblos primitivos de las guerras actuales, aparte de las armas que usan?

2.En los tribunales Internacionales contra los genocidas de Yugoslavia o de Ruanda hemos oído que muchos acusados se defendían diciendo que “cumplían órdenes superiores”, y que negarse a cumplir órdenes hubiera significado su muerte. ¿Consideras moralmente válida esa justificación? Razona tu respuesta.

3.¿Crees que la guerra es evitable o inevitable? ¿Por qué? Argumenta tu respuesta.

4.Intenta pensar y explicar por qué algunos conflictos aparecen en los medios de comunicación y otros no o muy poco.

5.¿Crees que hay guerras injustas y guerras justas? ¿O todas son justas o injustas? Razona tu respuesta.

6.Los derechos de los demás (a la vida, a la integridad física) ¿implican algún deber por nuestra parte? Pon algún ejemplo.

3. LA VIDA Y LA MUERTE.


3.1. EL RESPETO DE LA PROPIA VIDA.


El artículo 3 de DUDH dice: “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. En nuestra cultura, cuando hablamos del respeto a la vida (bios en griego) nos referimos al respeto de la propia vida y de la vida de los demás, pero también al respeto de la vida animal y de la naturaleza como marco esencial que hace posible la vida en la Tierra. El respeto de la vida en todas sus formas está, pues, en el corazón de la reflexión ética y de los derechos humanos.
El primer respeto de la vida empieza por el respeto a la propia vida. La vida humana es ante todo nuestra propia vida y el valor que le damos. No hay nada más espontáneo y más universal que ese amor a la propia vida, que nace del instinto de supervivencia. Y el amor a la vida es ante todo el miedo a todo cuanto pueda atentar contra nuestra existencia: miedo a la muerte, al sufrimiento, a la disminución psíquica, al envejecimiento. En cambio, el placer y la felicidad son signos de que la vida nos va bien. Pero hoy respetar la vida no significa respetarla sólo biológicamente, porque entendemos que la vida es algo más que pura supervivencia biológica. Hoy se tiene en cuenta también la calidad de la vida actual y futura, puesto que es un valor estrechamente vinculado a la dignidad humana. Así pues, atentar contra la vida de otra persona no es sólo matarla o dejarla morir de hambre; es también condenarla a unas condiciones de vida, presentes o futuras, impropias de un ser humano.

3.2. LA NEGACIÓN DE LA PROPIA VIDA.


El sufrimiento físico, y también el sufrimiento moral, pueden llevar en cierto momento a alguien a pensar que la vida no merece la pena ser vivida, Todos los estudios están de acuerdo en afirmar que el padecimiento físico, la soledad y el sentimiento de abandono crean condiciones morales y afectivas que favorecen este instinto autodestructivo. Su principal manifestación es el suicidio. Puede ser abrupto y directo, pero también puede adoptar formas más lentas, como la droga o el alcohol, que son manifestaciones claras de autodestrucción. A veces el sufrimiento físico- una enfermedad dolorosa y terminal- puede hacer que reclamemos una muerte digna para acabar con el dolor y la desesperanza. La eutanasia, que etimológicamente significa buena muerte, designa aquella práctica que ayuda al buen morir por deseo expreso de quien no desea seguir viviendo. El derecho a una muerte digna es hoy, para mucha gente, un derecho humano fundamental, aunque algunas leyes aún no lo reconozcan.
Otras veces también podemos sacrificar nuestra propia vida en aras de un valor o de alguien que consideramos superior: es el caso del mártir religioso, del militante político o del kamikaze japonés. En todos estos casos la vida del otro- un dios, un emperador o un ideal- se percibe como superior a la propia. Entonces viene el autosacrificio.
La ética nos invita a reflexionar sobre toda esta serie de cuestiones que, como el suicidio o el derecho a una muerte digna, plantean importantes dilemas morales, donde entran en conflicto la moral de la sociedad y nuestra propia moral.

3.3. EL RESPETO DE LA VIDA AJENA.


La ética interroga sobre el valor de la vida en la sociedad y en la cultura, y sobre el valor que se confiere a la vida y a la seguridad ajenas. La pena de muerte, la tortura, la aniquilación del enemigo en la guerra, son situaciones que manifiestan la subordinación de vidas humanas a unos valores supuestamente superiores (“la nación” o “la seguridad del estado”). En estos contextos, la otra persona es percibida sólo como un medio, y su vida parece tener menos valor que la propia. Pero el hecho de que esas manifestaciones o imágenes se hayan convertido en algo habitual entre nosotros no las convierte en hechos morales. Al contrario, la indiferencia hacia la vida de gentes que sufren pero con las que “no nos sentimos afectados” es un grave problema ético contemporáneo. La lucha a favor de la abolición de la pena de muerte, o contra los malos tratos- sobre todo a mujeres, a la infancia y a personas de otra cultura o raza- son algunas de las respuestas éticas a la cultura de la violencia.
El respeto de la vida de los demás también alcanza a la ecología: los desechos radiactivos, la energía atómica, las minas antipersonas, la tecnología química, los vertidos tóxicos e industriales a ríos y mares, tienen mucho que ver con la vida y la salud públicas de las generaciones presentes y futuras, y con su derecho a gozar de un patrimonio común y a un planeta y un medio ambiente sano y limpio. La ética nos exige a todas y todos que tratemos la Tierra como si fuera un jardín y los seres humanos sus jardineros. Y que actuemos para que nadie olvide asumir esa responsabilidad.

ACTIVIDADES:

1.¿Estás de acuerdo con la afirmación de que la droga es un suicidio lento? ¿Por qué?

2.¿En qué forma crees que un vertido tóxico al mar o a un río puede afectar a tu vida?

3.¿Cómo crees que se podría solucionar el problema de la droga en la adolescencia y en los institutos? Propón distintas posibilidades y ordénalas luego por orden de importancia.

4.El respeto de la vida significa también respetar la vida animal. Pero sabemos que la experimentación científica se vale de animales para el progreso científico. ¿Qué te parece? Argumenta tu posición.

5.Reflexiona en tu cuaderno y debate en clase las siguientes preguntas en cada caso. ¿Crees que sólo la propia persona es competente para juzgar si su propia vida vale o no la pena de ser vivida a partir de cierto punto? ¿Crees que se puede decidir por otra persona? ¿Crees que se puede privar a alguien de su último derecho y última voluntad?

a)Sufro esclerosis múltiple…Reclamo que los médicos me ayuden a morir cuando vea que molesto a los demás y a mí misma.

b)Durante 6 años mi abuela lo único que hacía era mover un dedo, con el cual nos apretaba la mano. Y lloraba. Mis padres lucharon por darle una muerte digna.

 

(Aubet, María José. Ética. Ediciones del Serbal. Barcelona. 1999)

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