ÉTICAS DE LA VIRTUD

   Las éticas de la virtud niegan que la moral se reduzca a un conjunto de principios o reglas morales que hay que seguir y afirman que la moral se manifiesta a través de rasgos internos de la persona, las virtudes, que son disposiciones de carácter moral u orientación de la voluntad a vivir de una forma admirable. Para las éticas de la virtud, las actitudes son más importantes que las creencias y el carácter moral y la voluntad lo son más que la razón. Entre los primeros filósofos contemporáneos que han defendido alguna ética de la virtud se cuentan Elizabeth Anscombe(1919-2001), Philippa Foot(1920) y Alasdair MacIntyre (1929).

 Alasdair MacIntyrePara MacIntyre las sociedades modernas no han heredado una sola tradición moral, sino fragmentos de tradiciones morales muchas veces incompatibles entre sí, pero que constituyen el grueso de nuestras convicciones morales. Por ello, a veces, la gente se siente confusa. Somos perfeccionistas platónicos cuando recompensamos a los ganadores olímpicos, utilitaristas cuando aplicamos el principio de selección con los heridos de guerra, lockeanos cuando afirmamos los derechos a la propiedad, cristianos cuando tenemos por ideal la caridad, la compasión y el igual valor moral de todas las personas, y seguidores de Kant y Mill cuando afirmamos la autonomía personal. Las teorías éticas modernas han intentado dar coherencia a estas convicciones pero han fracasado porque estas convicciones morales son muy heterogéneas y están desconectadas de la tradición de la que proceden. MacIntyre propone volver a una concepción aristotélica de la vida buena que de coherencia a estas convicciones y alumbre un conjunto de virtudes que ofrezcan ejemplos de vida y den sentido a la existencia humana. Ya no sirven teorías éticas construidas a partir de principios y reglas de aplicación universal.

Para dar sentido a la propia vida hay que estar ligado emocionalmente a las personas que nos rodean, poder expresar la propia naturaleza y sentir que el propio bien individual se identifica con una forma de vida que ya existía antes que nosotros y perdurará después de nosotros. Así, el sentido de la propia vida se alcanza con la pertenencia a una tradición moral que ofrece modelos de excelencia o virtudes que orientan cada vida individual hacia la vida buena, a la par que da orden y unidad a cada vida individual.

MacIntyre señala que la vida buena y el conjunto de virtudes que permiten buscarla y alcanzarla varían con las circunstancias. La vida buena para un ateniense del siglo V no será lo mismo que para una monja medieval o un granjero del siglo XVIII. "Soy hijo o hija de alguien, primo o tío de alguien más, ciudadanos de esta o aquella ciudad, miembro de este o aquel gremio o profesión; pertenezco a este clan, esta tribu, esta nación. De ahí que lo que sea bueno para mí deba ser bueno para quien habite estos papeles. Como tal, heredo del pasado de mi familia, mi ciudad, mi tribu, mi nación, una variedad de deberes, herencias, expectativas correctas y obligaciones. Ellas constituyen los datos previos de mi vida, mi punto de partida moral. Confieren a mi vida su propia particularidad". En este sentido, la vida buena y sus virtudes dependen del contexto social e histórico y no son una opción personal.

Elizabeth AnscombeLa crisis y confusión morales del mundo occidental en nuestra época, que las teorías éticas imperativas no pueden solucionar, impone pues "la construcción de formas locales de comunidad, dentro de las cuales la civilidad, la vida moral y la vida intelectual puedan sostenerse".

Dentro de los pros y contras de la ética de la virtud, podemos decir que se presenta como una ética atractiva frente a las éticas imperativas, como las consecuencialistas y las de deberes: la guía de la vida moral no son principios y reglas que hay que seguir, sino modelos de vida a realiza con margen para la concreción y búsqueda personal.

Se ha objetado a la ética de la virtud que, a partir de la inmensa variedad de opiniones en pueblos, cultura y sociedades distintas sobre lo que constituye la virtud, se pierde el carácter de universalidad que, a diferencia de leyes y costumbres, tiene la moral. La valentía que guiaba la vida de los héroes homéricos, la lealtad caballeresca o la esperanza cristiana parecen reliquias históricas, extrañas y poco útiles en las sociedades modernas. Sin embargo, este aspecto lo han utilizado algunos filósofos de la virtud como argumento a favor: el hecho que las virtudes hayan de ganarse en la comunidad donde se practican las hace más próximas y entrañables que los principios y deberes universales de las éticas imperativas.

Otra objeción a la teoría de la virtud es que al menospreciar las normas y deberes morales y no centrarse en qué clases de acciones son moralmente correctas, no es útil como base para las leyes.¿Cómo legislar penalmente, si el asesinato no se considera una acción moralmente incorrecta sino la ausencia de virtudes como la compasión?

Todas las filosofías cínicas han hecho su entrada en la sociedad arropándose con los guiñapos de la franqueza.

Autor: José Ortega Y Gasset

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